Un Sacerdote fue detenido durante la misa… Carlo Acutis le dijo ‘Se quién ha sido el culpable’…

Yo también me volteé confundido, interrumpiendo las palabras sagradas a mitad de la frase. Lo que vi me el heló la sangre. Cuatro policías uniformados entraban a grandes pasos por el pasillo central. Sus botas resonaban contra el mármol antiguo con un ritmo implacable. No venían con la timidez de quienes respetan un espacio sagrado. Venían con la determinación de quienes están cumpliendo una orden. Detrás de ellos, dos hombres de civil. Uno de ellos llevaba una carpeta bajo el brazo.

El otro tenía la mano cerca de su cinturón, donde supuse llevaba su arma. El silencio en la basílica se volvió absoluto. Ni siquiera los niños hacían ruido. Era como si todos hubieran dejado de respirar al mismo tiempo. Yo me quedé congelado en el altar, sosteniendo aún el cáliz en mis manos, sin poder procesar lo que estaba viendo. Los policías subieron las escaleras hacia el altar. El hombre con la carpeta habló primero. Su voz resonó en las bóvedas de la basílica con una claridad brutal.

Padre Giovanni Rosetti, no era una pregunta, era una confirmación. Asentí ligeramente, incapaz de encontrar mi voz. Soy el inspector Moretti de la policía municipal de Florencia. Está usted bajo arresto por sospecha de robo de patrimonio cultural y tráfico de bienes religiosos. tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra. Las palabras me golpearon como puñetazos físicos. Arresto, robo, tráfico. Mi mente no podía procesar lo que estaba escuchando. Detrás de mí escuché un grito ahogado.

Era Sor Elena, la monja que ayudaba en la sacristía. Después, un murmullo que se extendió por toda la congregación como una ola. Voces susurrando, exclamaciones de incredulidad, el ruido de gente poniéndose de pie para ver mejor. “Debe haber un error”, logré decir finalmente. No sé de qué me están hablando. El inspector Moretti abrió su carpeta y sacó varios documentos. El pasado miércoles, la reliquia de San Sebastián desapareció de la cripta de esta basílica, una pieza del siglo XI valorada en aproximadamente medio millón de euros.

Nuestras investigaciones indican que usted fue la última persona en cerrar la iglesia la noche del martes 5 de marzo. Las cámaras de seguridad lo muestran saliendo a las 11:45 de la noche. Al día siguiente la reliquia había desaparecido. No había señales de robo forzado. Quien se llevó esa pieza tenía acceso completo a la basílica y conocimiento de los sistemas de seguridad. Yo sentía que el suelo se movía bajo mis pies. La reliquia de San Sebastián había desaparecido.

Era cierto. El miércoles 6 de marzo por la mañana, cuando fui a la cripta para la revisión mensual del inventario, había notado que faltaba. Había llamado inmediatamente a la policía. Había sido yo quien denunció el robo y ahora me estaban acusando de haberla robado. Fui yo quien reportó la desaparición, dije. Y mi voz sonaba desesperada, incluso para mis propios oídos. Llamé a la policía en cuanto me di cuenta. ¿Por qué haría eso si yo la hubiera robado?

Una táctica común para desviar sospechas, respondió el inspector con una frialdad que me estremeció. Además, tenemos información de que usted ha estado bajo presión financiera, que la basílica necesita reparaciones urgentes, que no puede costear. Medio millón de euros sería suficiente para resolver esos problemas. Eso es ridículo. Protesté. Sí, necesitamos reparaciones, pero jamás robaría una reliquia sagrada. Jamás. Uno de los policías se acercó con un par de esposas. El sonido metálico cuando se abrieron fue como una sentencia de muerte.

Yo miré hacia la congregación. 400 personas me observaban, algunas con shock, otras con confusión, y en algunos rostros, especialmente en los que me conocían menos, empezaba a asomar algo peor. Duda, sospecha. Por favor, comencé, pero mi voz se quebró. Por favor, esto es un error terrible. Soy inocente. Tendrá oportunidad de explicarse en la comisaría, dijo el inspector. Ahora necesitamos que venga con nosotros pacíficamente. Las esposas se cerraron alrededor de mis muñecas con un click definitivo. Nunca olvidaré ese sonido.

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