Una enfermera despedida de urgencias camina a casa bajo la lluvia, y dos Black Hawks aterrizan buscándola.
Y, sin embargo, por primera vez desde que Alcott le gritó en la cara, no se sintió pequeña.
Tomó la mano del hombre.
Alguien la envolvió en una manta cálida sobre los hombros mientras la guiaban hacia el helicóptero. Al subir a la cabina y cerrar la puerta, el rugido de las hélices lo envolvió todo.
El helicóptero despegó, ladeándose hacia St. Jude's.
Rachel miró la carretera mojada y los coches parados abajo.
Cinco minutos antes había sido despedida.
Dos días después, las cámaras llenaron el atrio del St. Jude. Alcott se encontraba de pie, orgulloso, en un podio.
Rachel observó desde atrás cómo se abrían las puertas.
Elias entró.
Vivo.
La verdad lo siguió.
Y cuando todo terminó, Rachel permaneció junto a él bajo la luz del sol, ya no estaba despedido, ya no era invisible.
Había regresado a casa bajo la lluvia como una enfermera que hacía lo correcto.
Salió convertida en algo completamente distinto.
El atrio del Centro Médico St. Jude nunca había sido tan ruidoso.
Cámaras apiñadas, reporteros murmurando ante los micrófonos, administradores del hospital de pie, rígidos, contra las paredes, como si los hubieran atornillado allí como decoración. El Dr. Gregory Alcott se encontraba en el podio bajo el sello del hospital, inmaculado como siempre, con las manos juntas y la voz serena.
"La enfermera Rachel Bennett era emocionalmente inestable", dijo con calma. Cuando la despidieron por insubordinación reiterada, experimentó una ruptura con la realidad y secuestró a un paciente grave. Dada su condición, es improbable que sobreviviera.
Un murmullo de compasión recorrió la multitud.
Alcott se permitió una leve sonrisa.
"¿Alguna otra pregunta?"
"Tengo una."
La voz provenía del fondo de la sala.
Profunda. Controlada. Viva.
Todas las cabezas se giraron.
Las puertas automáticas se abrieron.
El capitán Elias Thorne entró con uniforme de gala y un Corazón Púrpura prendido sobre el pecho. Se movía con cuidado, apoyando una pierna, con un bastón en la mano izquierda, pero su postura era inquebrantable. A su derecha caminaba el general Thomas Higgins. A su izquierda, Rachel Bennett.
Sin uniforme. Sin esposas.
Rachel llevaba una chaqueta sencilla. Un leve moretón le sombreaba la mejilla. Un corte en proceso de curación marcaba la línea del cabello. Su mirada era firme.
La sala explotó.
Las cámaras se balancearon. Se oyeron jadeos. Alguien dejó caer un micrófono.
El rostro de Alcott palideció. "¡Seguridad!", gritó. "¡Arresten a esa mujer!".
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