Nadie llamaba a las puertas de la mansión Whitmore sin una invitación.
Y aun así, aquella tarde gris en las afueras de Madrid, una joven flaca, con el rostro manchado de polvo y una niña atada a la espalda, se atrevió a hacerlo.
—Señor… ¿necesita una criada? —su voz tembló cuando el portón de hierro se abrió por un segundo—. Puedo hacer cualquier cosa. Por favor… mi hermana tiene hambre.
El coche negro acababa de detenerse cuando Carlos Whitmore, uno de los hombres más ricos de España, bajó con gesto cansado. Había pasado el día cerrando contratos millonarios y no tenía paciencia para escenas de miseria. Estaba acostumbrado a verlas… y a ignorarlas.
Pero al levantar la vista, algo lo obligó a detenerse.
La joven no pedía dinero.
Pedía trabajo.
Su vestido estaba gastado, sus zapatos rotos, pero su mirada era firme, orgullosa, desesperada sin ser sumisa. Y entonces Carlos lo vio.
En el lado izquierdo de su cuello, parcialmente oculto por el cabello, había una marca de nacimiento en forma de media luna.
El mundo se le cerró en el pecho.
Veinte años atrás, su hermana Margarita había desaparecido una noche de tormenta. Embarazada. Asustada. Sola. Carlos nunca la volvió a ver. Pero recordaba perfectamente aquella marca… porque la había visto en el cuello de un bebé recién nacido, envuelto en los brazos temblorosos de Margarita.
—¿Dónde… de dónde sacaste esa marca? —preguntó, con la voz dura.
La joven se sobresaltó y tocó su cuello instintivamente.
—Nací con ella —respondió—. Me llamo Elena. Y ella es Lía, mi hermana pequeña. Nuestros padres murieron. Yo solo… necesito trabajar.
Carlos la observó con atención. El perfil de su rostro. La forma de sostener a la niña. Era como mirar un reflejo del pasado que había intentado enterrar.
—¿Quién fue tu madre? —preguntó en voz baja.
Elena dudó.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
