“Una joven pobre pidió trabajo frente a una mansión en España… y una marca de nacimiento reveló un secreto familiar que unió a un multimillonario con la sobrina que creyó perdida para siempre”

A la mañana siguiente, Carlos mandó llamar a Elena.

—Quiero ayudarte —dijo con honestidad—. Pero antes necesito saber la verdad.

Elena bajó la mirada.

—La única verdad que conozco es que crecí en hogares temporales. Que cuidé de Lía desde que era un bebé. Que nadie nos quiso.

Carlos tragó saliva.

—¿Aceptarías hacerte una prueba de ADN?

Elena dudó. No por miedo, sino por cansancio.

—Si eso nos permite quedarnos… sí.

Los resultados tardaron días eternos.

Cuando llegaron, Carlos no pudo sostener el papel. El médico habló:

—Coincidencia genética del 99,8%. Elena es sobrina biológica del señor Whitmore.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Mi madre… era Margarita?

Carlos asintió con los ojos llenos de lágrimas.

Le contó todo. El miedo. La desaparición. La culpa de no haberla protegido.

—Nunca dejé de buscarla —dijo—. Pero el mundo fue cruel.

Elena no gritó. No reprochó.

—Ella nos salvó —respondió—. Aunque no sobreviviera.

Con el tiempo, Elena empezó a trabajar legalmente en la casa, no como criada, sino como asistente administrativa. Carlos se encargó de la educación de Lía. De su salud. De su futuro.

Pero el pasado aún guardaba una sombra.

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