Una niña de ocho años duerme sola, pero cada mañana se queja de que su cama le parece "demasiado pequeña". Cuando su madre revisa la cámara de seguridad a las dos de la madrugada, rompe a llorar en silencio...
Todas las noches me sentaba con ella. Hablaba con ella. Escuchaba sus recuerdos. La ayudaba a sentirse segura.
Porque a veces, las personas mayores no necesitan medicación.
Necesitan saber que aún tienen una familia.
FIN.
La cama de mi hija nunca fue demasiado pequeña.
Lo que realmente sucedía era que una anciana, sola, perdida en sus recuerdos, buscaba el calor de un niño al que una vez abrazó durante toda su vida.
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