Una niña siempre insiste en que su abuelo le corte el pelo cada vez que llega a casa, hasta que su madre descubre una cámara oculta y queda completamente conmocionada.

EL SECRETO DE LA ANTIGUA BARBERÍA (PARTE 1 Y 2)
Regresar a nuestro pueblo natal, Laguna, se había convertido en un ritual que jamás cuestioné. Todos los viernes por la tarde, después de terminar mi turno en un call center de Makati, recogía a mi hija Letty, de siete años, del colegio y me dirigía directamente a la terminal de autobuses. Al anochecer, íbamos camino a la antigua casa ancestral de mi padre.

Me llamo Sarah. Tengo treinta años, estoy separada y estoy criando sola a mi hija.

Mi padre, Berting, vive solo desde que mi madre falleció hace cinco años. Fue un barbero muy conocido en el pueblo en la década de 1980. La barbería de Berting atraía clientes de los barrios vecinos gracias a la magia constante de sus manos. Pero ese lugar cerró hace mucho tiempo. Sus tijeras se han oxidado, su sillón cruje y él mismo se ha vuelto distante: callado, irritable y retraído.

Ya casi no tenemos conversaciones significativas. La única razón real por la que seguimos volviendo es Letty. Mi padre adora a su nieta, y Letty, absorta en su inocencia, lo adora con la misma intensidad.

Pero hace unos meses, algo empezó a molestarme.

Todos los domingos por la noche, al volver a Manila, Letty siempre volvía a casa con un corte de pelo recién cortado, y nunca le quedaba bien. El flequillo estaba torcido, la parte de atrás desigual, a veces incluso con pequeñas calvas. Parecía el primer intento de una niña con las tijeras.

Como madre que quería que su hija luciera pulcra y segura de sí misma, no pude ocultar mi irritación.

Una mañana, mientras la peinaba antes de ir a la escuela, suspiré.

"Letty, cariño, parece que tu pelo sobrevivió a un tifón. ​​Vamos luego a la peluquería de la tía Grace a arreglarlo".

Letty se apartó de inmediato, cubriéndose la cabeza.

 

 

 

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