Una niña vendiendo pan ve un anillo en la mano de un millonario… y detrás hay una historia tan conmovedora que llenará tu corazón

—Sí… necesito hablar con tu mamá.

Ximena apareció, más delgada, rostro marcado, ojos hundidos, temblando al sostener la cortina. Sus miradas chocaron, y el mundo volvió a borrarse.

—Diego… —susurró.

—¿Por qué nunca volviste? —su voz quebrada.

Ximena contó todo: miedo, peligro, cáncer. Diego se arrodilló frente a ella, agarrándole las manos frías:

—¡No tienes derecho! Llevo dieciséis años muerto por dentro… y ella… ella es nuestra hija.

Cecilia cubrió la boca, y el anillo brilló en la luz triste de la casa.

—Soy Diego —dijo él, con cuidado—. Y si me lo permites… soy tu papá.

Cecilia dio un paso mínimo hacia él. Ximena sollozó.

—Tú nunca fuiste una tragedia —dijo Diego—. Fuiste lo mejor que me pasó. Y si el destino nos da una segunda oportunidad, no la voy a desperdiciar.

Diego movió cielo y tierra: trasladó a Ximena al mejor hospital de Querétaro, tratamientos, ensayos clínicos, medicinas nuevas. Cecilia y Diego comenzaron a conocerse. La niña estudiaba, hacía artesanías, leía con pasión.

Meses después, el médico sonrió: el tumor retrocedía. Ximena lloró de alegría, Diego la abrazó, Cecilia se unió a ellos.

Se casaron en una ceremonia pequeña, Ximena con el mismo anillo, Cecilia de dama de honor con vestido azul a juego con el topacio.

Diego besó a Ximena y le susurró:

—Eternamente.

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