—Vendimos la casa —dijo sin titubear—. Empaque sus cosas, suegra. Mi nuera me lo dijo el mismo día de su boda, todavía con el vestido blanco puesto… y delante de todos, como si la casa ya le perteneciera.

Los oficiales revisaron los documentos.
El notario empezó a sudar por el cuello.
Camila cruzó los brazos, aún intentando sostener su teatro.

—Es un malentendido —repetía.

Hasta que uno de los agentes tomó su teléfono.

Lo revisó en silencio.

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