Viví con un hombre dos meses; todo parecía ir bien, hasta que conocí a su madre. Apenas 30 minutos después de cenar, sus preguntas y su silencio me revelaron la verdad, y huí de esa casa para siempre.

Le expliqué que trabajaba en logística y que llevaba varios años allí.

"¿Son tus ingresos estables?", preguntó de inmediato. "¿Contrato oficial? ¿Puedes demostrarlo?"

Tomada por sorpresa, respondí cortésmente que mis ingresos eran oficiales y suficientes.

Daniel sirvió la comida en silencio, como si no pasara nada raro.

"¿Tienes una propiedad?", continuó, "¿o te acabas de mudar aquí?"

Le dije que tenía un apartamento y que lo alquilaba.

"Ya veo", dijo con frialdad. "No queremos sorpresas. Algunas mujeres empiezan siendo independientes y acaban dependiendo de un hombre". Mi incomodidad aumentó, pero esperaba que el interrogatorio terminara. No fue así.

No dejaba de preguntarme sobre mis relaciones pasadas, mis padres, los problemas de salud en la familia, mi opinión sobre el alcohol, las deudas, los hijos. Respondí brevemente, conteniendo la ira. Daniel no dijo nada, con la mirada fija en su plato.

Luego, después de unos treinta minutos, dijo algo que lo dejó todo claro.

"Entonces, ¿tienes hijos?"

"No", respondí. "Y creo que eso es privado".

"Eso no es privado", espetó. "Vives con mi hijo. Necesitamos saber qué esperar. Él quiere una familia: sus propios hijos. No los de nadie más. Tendrás que ver a un médico y traer certificados que demuestren que estás sana y que eres capaz de darme nietos. Pagarás las pruebas tú misma".

Miré a Daniel, esperando a que interviniera. Se encogió de hombros.

"Mamá está preocupada", dijo en voz baja. "Quizás deberías hacerlo tú. Así todos nos tranquilizaremos". En ese momento, comprendí perfectamente mi situación.

Me levanté de la mesa.

—¿Adónde vas? —preguntó su madre bruscamente—. Aún no hemos terminado.

—Sí —dije con calma—. Fue un placer conocerte, pero esta será la última vez.

 

 

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