Cinco años después de que una camarera de un restaurante de carretera deslizara un plato hacia una mujer.

Luego apoyó un brazo en el mostrador, lo suficientemente cerca como para que lo oyeran, pero no tanto como para agobiarla.

—Guarda eso —dijo en voz baja—. Págame cuando seas el jefe.

Las palabras salieron sencillas, casi casuales, pero la atmósfera a su alrededor pareció tornarse más tensa de todos modos.

Ella lo miró fijamente.

Prácticamente podía verla revisando la frase en busca de matices ocultos.

¿Burla? Ninguna.
¿Lástima? Ninguna.
¿Actuación para el público? Absolutamente no.

Lo decía en serio, tal como lo expresó.

Cuando eres el jefe.

No si las cosas mejoran.
No si la suerte cambia a tu favor.
No si alguien te da una oportunidad.

Cuando.

La mujer bajó la mirada hacia el dinero, luego lo miró a él. Algo brilló en su rostro tan rápido que la mayoría no lo habría notado. No era exactamente esperanza. La gente abusaba de esa palabra. Esto era más extraño que la esperanza.

Desorientación.

 

 

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