Parte 2 :
No grité. No lloré.
Miré al niño. No tenía culpa de nada.
Luego miré a la mujer. De pronto evitó sostenerme la mirada.
Y al final, miré a mi marido.
Fui al aparador del recibidor. Saqué una carpeta azul. Se la entregué.
—Son los papeles del divorcio —le dije—. Y las escrituras del cese de tu cargo como administrador.
Fernando sonrió con desprecio. Leyó la primera página. Después la segunda. Luego la tercera. La sonrisa se le quebró.
—¿Qué has hecho?
—No te he quitado a tu amante. No te he quitado a tu hijo. Te he quitado lo único que nunca debiste confundir con algo tuyo.
Le arrebaté de la mano el juego de llaves de la oficina.
—La empresa.
Fernando entró en casa como quien todavía se cree con derecho a ocupar espacio ajeno. Cerró la carpeta de golpe. Dio dos pasos hacia mí… Pero se detuvo al ver a Mariana Andrade, mi abogada, sentada en el comedor.
Había llegado media hora antes. No era una casualidad. Era la razón por la que yo llevaba todo el día tranquila.
—Esto no vale nada —dijo él, demasiado alto—. No puedes echarme así.
Mariana cruzó las piernas. Habló sin levantar la voz:
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