Desesperado ante una cena crucial, el dueño de un hotel le pidió a una de sus criadas que se hiciera pasar por su esposa y guardara silencio. Pero la joven, "común y corriente", hizo algo que dejó atónitos a todos en la mesa.

“Señor, ¿puedo limpiar la oficina?”

Verónica, una de las criadas, entró. La veía a diario, pero nunca se había fijado en ella. Se comportaba con serena dignidad, serena y observadora.

De repente, se formó una idea.

Explicó la situación rápidamente. «Solo es una cena. Siéntate a mi lado, sonríe y asiente. No hables a menos que sea necesario. Te pagaré bien».

Verónica escuchó atentamente.

—Está bien —dijo con calma—. Lo haré.

Esa noche, se sentaron frente a tres inversionistas vestidos con atuendos tradicionales. La conversación comenzó con cortesía, pero pronto se tornó seria.

Hablando en árabe, suponiendo que Verónica no lo entendiera, un inversor dijo: «Su hotel está perdiendo dinero. Invertimos mucho y no vemos ninguna rentabilidad. Queremos recuperar nuestros fondos».

El propietario sintió que el pánico se apoderaba de él. Sus explicaciones sobre las crisis estacionales y los planes futuros sonaban débiles incluso para él mismo.

Los inversores intercambiaron miradas dudosas.

Necesitamos garantías. Si no, nos retiramos.

La esperanza parecía perdida.

Entonces Verónica dejó suavemente su tenedor.

Y en un árabe perfecto y articulado, comenzó a hablar.

El silencio cayó sobre la mesa.

“Caballeros”, dijo con serenidad, “el problema no es el hotel. Es la estrategia. Invirtieron en renovaciones, pero no en posicionamiento. Esta propiedad no debería estar dirigida al turismo de masas. Debería centrarse en clientes de negocios y eventos privados”.

Ella continuó con confianza.

Convertir dos plantas en suites ejecutivas premium. Desarrollar un modelo de club privado. Aumentar las tarifas de las habitaciones. Reducir los costos operativos en las áreas de bajo rendimiento. Reposicionar la marca. En tres meses, no pedirán reembolsos; estarán viendo ganancias.

 

 

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