El día del divorcio llegó como una tormenta silenciosa.
Barcelona, 9:30 h. Afuera del juzgado, Cristina Montalvo se ajustaba el cinturón de seguridad sobre su vientre de ocho meses de embarazo, mirando a través del parabrisas empapado por la lluvia. Las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas que se negaba a derramar.
Este no era un día para llorar.
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Ese fue el día en que recuperó su dignidad, aunque nadie más lo entendiera todavía.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto sola? —preguntó su madre, agarrando con fuerza el volante.
La voz de Cristina era tranquila, demasiado tranquila para alguien que estaba a punto de divorciarse de su marido.
“Nunca he estado más seguro de nada.”
Pero algo había cambiado en ella.
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