La habitacón pareció enfriarse.
—No lo entiendes —continuó la mujer—. Está involucrado en algo peligroso. No solo en malas decisiones, sino en gente peligrosa. De esas que no perdonan, que no negocian.
Se le cortó la respiración.
—¿Qué clase de peligro…?
—Deudas —dijo la mujer—. Deudas enormes. Y a quienes les debe… no solo les quitan el dinero. Se lo quitan todo.
Cada palabra le cayó como un jarro de agua fría.
—No… eso no es posible… —susurró, sacudiendo la cabeza instintivamente.
—Sí. Y él lo sabía.
La mujer abrió el archivo.
Dentro había documentos, mensajes impresos, extractos bancarios y registros que pintaban un panorama demasiado detallado como para negarlo.
Cifras tan grandes que parecían irreales.
Amenazas apenas disimuladas.
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