Estúpido. Imprudente. Un oficinista de cincuenta y cuatro años intentando demostrar que aún podía.
El dolor fue inmediato. Agudo. Irradiaba desde la parte baja del abdomen hasta la ingle.
Sabía exactamente qué era. Había visto a mi padre lidiar con lo mismo años atrás.
Esa noche, durante la cena, lo mencioné con naturalidad. Estábamos junto a la isla de la cocina; Mia estaba en Boulder para las clases de verano. Nicole estaba revisando su teléfono.
"Creo que me torcí algo hoy", dije. "Estoy bastante segura de que es una hernia".
Nicole levantó la cabeza de golpe.
"¿Una hernia?"
Su voz tenía un tono que no pude identificar. No miedo. No preocupación. Algo más tenso.
"Y tienes que hacerte un chequeo. Pronto".
"No es para tanto", dije. "Veré cómo te sientes".
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