Tres años.
Tres años durmiendo al otro lado de una cama inmensa.
Tres años finciendo que el silencio entre nosotros era paciencia y no desprecio.
Tres años diciéndome que el amor, si era sincero, siempre encontraba una rendija por donde entrar.
Cuando escuché abrirse la puerta principal, sentí ese vuelco absurdo que todavía me provocaba su presencia. Alejandro Aguilar entró con la elegancia fría de siempre: traje oscuro, camisa blanca impecable, corbata gris, mirada alta, mandíbula dura. Parecía un hombre hecho de acero fino y mala educación. El heredero del grupo Aguilar podía dominar directorios, ministros y banqueros con una sola mirada. Pero a mí, su esposa, me trataba como si yo fuera parte del mobiliario.
Me acerqué con una sonrisa pequeña, la sonrisa que había practicado durante años para no incomodarlo.
—Llegaste justo a tiempo —le dije—. Hoy…
No me dejó terminar.
Metió la mano en el bolsillo interior del saco y sacó un sobre marrón. Lo lanzó sobre la mesa, entre las velas y la cena que yo había preparado como si todavía creyera en los aniversarios.
El golpe seco del sobre contra el cristal fue más violento que un grito.
Yo me quedé inmóvil.
Él apartó la silla, se sentó con parsimonia y entrelazó los dedos, como si fuera a presidir una junta de accionistas y no a romperme la vida.
—Nos divorciamos.
Así. Sin un titubeo. Sin una grieta en la voz. Sin siquiera la cortesía de bajar la mirada.
Sentí que algo me atravesaba por dentro, como si una mano helada me hubiera arrancado el aire de los pulmones. Aún así, no lloré. Ni parpadeé. Solo lo miré.
—¿Hoy? —pregunté al fin, con la garganta ardiéndome—. ¿Precisamente hoy?
Alejandro levantó la vista hacia mí y en sus ojos no había ni una gota de remordimiento.
—Cristina volvió.
Ese nombre cayó en la habitación como una maldición vieja.
Cristina Serrano. Su primer amor. La mujer que había vivido enterrada bajo mi techo como un fantasma al que yo no podía tocar, pero cuya sombra dormía entre nosotros todas las noches.
La sangre se me fue a los pies.
Recordé aquella noche de tres años atrás. Alejandro, fuera de sí, intoxicado por una trampa que le tendieron sus rivales. Su cuerpo temblando. Su voz rota repitiendo el nombre de Cristina. Sus manos aferrándose a mí en medio del caos. Y luego la mañana siguiente: la culpa, el silencio, el matrimonio repentino, la responsabilidad que asumió como quien firma un contrato incómodo.
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