A las siete en punto de la noche, la casa olía a estofado de res al vino tinto, a pan recién calentado ya la clase de esperanza que solo una mujer enamorada puede cocinar con sus propias manos.
Yo había encendido personalmente las velas del comedor. Había revisado tres veces la vajilla de porcelana, acomodado las copas de cristal con una precisión casi ridícula y elegido el vestido crema que a Alejandro le gustaba… o que yo creía que le gustaba, porque en tres años de matrimonio mi esposo nunca me lo había dicho. Tampoco me había dicho que estaba hermosa. Tampoco me había besado de verdad. Tampoco me había tocado como se toca a la mujer con la que uno comparte la vida.
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