Entre la expectativa y la supervivencia

Parte 2 :
Mariana la recibió sobre el pecho y lloró con una mezcla imposible de agotamiento, alivio y asombro.
—Hola, mi amor —susurró—. Ya estás aquí.
Horas después, mientras la bebé dormía y el fuego crepitaba bajo la ventana nevada, llamaron a la puerta.
Tres golpes. Suaves. Inseguros.
Elías tomó el rifle y se asomó por el vidrio empañado.
—Es él —murmuró.
Tomás.
Mariana sintió un golpe de miedo, pero esta vez no la paralizó.
—Déjame hablar con él —dijo.
Elías quiso negarse. La miró. Entendió. Asintió.
Mariana abrió la puerta sin salir del todo. La niña dormía en sus brazos. Elías permaneció detrás, el rifle listo.
Tomás estaba solo. Tenía nieve en los hombros, la cara cansada, los ojos rojos de alcohol y de algo que quizás se parecía al fracaso.
Miró a la bebé primero. Luego a Mariana.
—Déjame verla.
—No.
—Es mía.
Mariana sostuvo su mirada sin temblar.
—No. Tú renunciaste a cualquier derecho el día que me dejaste tirada en una estación. No se puede abandonar una vida y luego volver a reclamarla cuando te conviene.
Tomás tragó saliva. Parecía más pequeño que la última vez.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez en mucho tiempo, sí.
Él dio medio paso. Elías movió apenas el rifle. Bastó.

 

 

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