Entró al juzgado con una fortuna en la mano y salió con algo que valía mucho más.

La joven llevaba un bolso Chanel. Era el que Alejandro le había regalado a Sofía el año anterior, el que ella había guardado cuidadosamente en su caja por miedo a rayarlo.

Lo que destrozó a Sofía en ese momento no fue la traición en sí, aunque fue real y dolorosa. Lo que la destrozó fue la comprensión que la acompañó. Durante diez años había dedicado toda su atención al negocio, al matrimonio, a sus ambiciones, a su comodidad y a su visión del futuro. Había pasado una década tratándose a sí misma como la persona menos importante en su propia vida.

Esa tarde fue el último día que pensó en continuar con ese patrón.

La mañana que eligió

 

 

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