«Firma y lárgate, mendiga». La humillaron en el divorcio; luego llegaron tres coches de lujo negros y la sala quedó en silencio.
Se marchó sin mirar atrás.
Pasaron los meses mientras construía su propia empresa, rodeándose de personas que la respetaban.
Los medios perdieron interés y el pasado se fue desvaneciendo poco a poco.
Un día, Patrick le entregó una carta.
Era de Caleb.
Volvía a disculparse y admitía que ella merecía algo mejor.
Abigail la leyó en silencio y luego la dejó sobre la mesa.
«He pasado página», dijo en voz baja.
Patrick asintió con discreto orgullo. De pie junto a la ventana, contempló la ciudad y sonrió. Por primera vez, su futuro le pertenecía por completo.
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