Firmó los papeles del divorcio en silencio; nadie sabía que su padre multimillonario la estaba observando desde el fondo de la sala…

“Bien. Me alegra que entiendas cuál es tu lugar.”

Vanessa aplaudió levemente. “Vaya. Eso fue casi dramático.”

Emily no respondió. Se puso de pie, recogió su bolso…

Y entonces una silla se movió detrás de ellos.

Todos se giraron.

El hombre del traje gris oscuro se puso de pie.

Tranquilo. Imponente. Controlado.

El abogado lo reconoció primero.

“¿Señor… Reed?”

Vanessa frunció el ceño.

Ethan parpadeó. “¿Quién es usted?”

El hombre avanzó, paso a paso, hasta colocarse detrás de Emily. Le puso una mano suavemente en el hombro.

“¿Has terminado, cariño?”

La palabra resonó como un trueno.

Ethan se quedó paralizado.

Vanessa dejó caer su teléfono.

Emily asintió. —Sí, papá.

El silencio inundó la habitación.

El nombre le vino a la mente.

Alexander Reed.

Dueño del edificio. Director de Reed Financial. Un hombre con poder para encumbrar o hundir empresas.

Ethan palideció.

—Espera… ¿qué?

Alexander tomó los papeles firmados, los hojeó con calma y luego miró a Ethan.

—Así que tú eres el hombre que creía que mi hija no valía nada.

Ethan intentó recuperarse.

—Con todo respeto, este es un asunto privado.

Alexander lo observó y luego sonrió levemente.

—Dejó de ser privado cuando la humillaste.

Vanessa intentó hablar.

—No sabíamos…

—Exacto —dijo Alexander, mirándola—. No lo sabían.

Ethan tragó saliva.

—Si se trata de dinero, podemos renegociar…

Alexander soltó una risita.

—¿Dinero?

Sacó su teléfono.

—Cancela todas las reuniones con su empresa —dijo—. Inmediatamente. Y retira nuestro apoyo financiero.

Ethan se puso de pie.

—¡No puedes hacer eso!

 

 

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