Era una tarde tranquila junto al lago. Doña Elena observaba el agua oscura desde el muelle, con el pañuelo bien ajustado sobre su cabeza. Siempre había dicho que no sabía nadar. Siempre había confesado que le tenía miedo al agua.
Su nieto Lucas, de diecinueve años, sonreía con esa expresión juvenil que mezcla arrogancia y diversión.
—Abuela, ¿no decías que querías aprender a nadar algún día?
Ella dio un paso atrás.
—Sí… pero tengo miedo. No juegues con eso, hijo.
Lucas rió.
—Ay, abuela, dramatizas demasiado.
En un segundo todo cambió. Un empujón ligero, casi juguetón… y su cuerpo perdió el equilibrio.
Cayó al agua.
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