La madrastra abandonó a los gemelos y subió a un avión; el jefe de la mafia lo presenció… ¿Qué sucede después…?
Mateo tardó tres segundos en decidirse. Después metió su manita en la de él.
Lucía, sin dudar, tomó la de Marco, quien se quedó rígido como si de pronto le hubieran entregado una granada con moño.
Los llevó al salón privado del aeropuerto. Allí había alfombra, luz tenue, sillones amplios y una mesa con fruta, panecillos y sándwiches. Mateo comió tres con la velocidad controlada de un niño que no siempre ha estado seguro de que la comida será para él. Lucía ordenó las fresas por tamaño antes de probar una sola.
Santiago hizo dos llamadas.
La primera, a una mujer del registro civil que le debía favores.
La segunda, a su abogado.
—Dos niños abandonados en el aeropuerto —dijo sin rodeos—. Quiero saber qué se puede hacer legalmente… y qué no.
Cuando volvió a la mesa, Mateo se había quedado dormido sentado, con la frente sobre el brazo y el oso aplastado contra el pecho. Lucía seguía despierta, observándolo.
—¿Eres policía? —preguntó.
—No.
Ella lo estudió un momento.
—¿Eres bueno?
Santiago Fierro, que llevaba quince años haciendo que otros respondieran preguntas, no supo qué contestar.
Lucía aceptó su silencio como si fuera una respuesta suficiente.
—Mateo le tiene miedo a la oscuridad —dijo después, mordiendo una fresa—. Si se apaga la luz, me agarra la mano.
El teléfono vibró en el saco de Santiago.
Leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
El apellido de los gemelos era Cárdenas.
Su padre, Tomás Cárdenas, había muerto once semanas atrás en un accidente de construcción.
Y Santiago conocía ese nombre.
Lo conocía porque siete años antes, en una carretera mojada a las afueras de Monterrey, su camioneta había ardido tras una emboscada. Las puertas trabadas. El fuego avanzando. El final decidido.
El hombre que se metió entre las llamas para sacarlo había sido un mecánico joven que trabajaba en un taller cercano.
Tomás Cárdenas.
Santiago le ofreció dinero aquella noche. Tomás no lo aceptó.
Solo dijo: “Si de verdad quiere pagarme, haga algo bueno por el mundo algún día.”
Ahora sus hijos dormían y esperaban en un aeropuerto, abandonados como equipaje sin reclamo.
Santiago apretó la mandíbula.
La deuda acababa de regresar por él.
Y esta vez tenía los ojos de dos niños.
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