La madrastra abandonó a los gemelos y subió a un avión; el jefe de la mafia lo presenció… ¿Qué sucede después…?
El pequeño seguía con la vista fija en la puerta por la que la mujer había desaparecido. No lloraba. No corría detrás. Solo apretaba la boca con ese esfuerzo desesperado de quien ya sabe que llorar frente a ciertas personas no sirve de nada.
Entonces Santiago hizo algo que no hacía por nadie desde hacía años.
Caminó hacia ellos.
Se agachó hasta quedar a su altura. El niño lo miró apenas; la niña, en cambio, sostuvo su mirada sin miedo. Eso lo desconcertó más que cualquier amenaza.
—¿Dónde está su mamá? —preguntó con una voz más suave de la que él mismo creía tener.
El niño apretó más fuerte el oso.
—No es nuestra mamá —dijo.
La frase cayó plana, sin dramatismo, como una verdad repetida demasiadas veces.
Santiago volvió los ojos a la niña.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía.
—¿Y tu hermano?
—Mateo.
—¿Cuántos años tienen?
—Cinco —respondió Mateo—. Los dos. Somos gemelos.
Santiago se sentó junto a ellos en lugar de seguir interrogándolos. No quería parecer otra amenaza más.
—¿Alguien viene por ustedes?
Lucía negó despacio.
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