La madrastra abandonó a los gemelos y subió a un avión; el jefe de la mafia lo presenció… ¿Qué sucede después…?

El pequeño seguía con la vista fija en la puerta por la que la mujer había desaparecido. No lloraba. No corría detrás. Solo apretaba la boca con ese esfuerzo desesperado de quien ya sabe que llorar frente a ciertas personas no sirve de nada.

Entonces Santiago hizo algo que no hacía por nadie desde hacía años.

Caminó hacia ellos.

Se agachó hasta quedar a su altura. El niño lo miró apenas; la niña, en cambio, sostuvo su mirada sin miedo. Eso lo desconcertó más que cualquier amenaza.

—¿Dónde está su mamá? —preguntó con una voz más suave de la que él mismo creía tener.

El niño apretó más fuerte el oso.

—No es nuestra mamá —dijo.

 

 

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