La mujer llegó a la fila de asientos frente a la puerta 17, se volvió apenas, señaló un banco y dijo algo que el ruido del aeropuerto se tragó. Los niños obedecieron de inmediato.
Se sentaron.
Ella los miró un segundo.
Ni un beso.
Ni una caricia.
Ni una explicación.
Luego entregó su pase de abordar, cruzó la puerta de embarque y desapareció.
Nadie se detuvo.
Nadie excepto Santiago Fierro.
En el norte de México, su nombre cambiaba el aire en una habitación. Empresario para unos, benefactor para unos pocos, hombre peligroso para la mayoría. Tenía cuarenta años, una reputación construida con silencio y decisiones frías, y el extraño don de hacer que otros bajaran la voz cuando él aparecía. Sus escoltas se movían a la distancia exacta: cerca para protegerlo, lejos para no estorbarle.
—Jefe, cambiaron la salida de su vuelo —murmuró Marco, su hombre de confianza.
Santiago no respondió.
No estaba mirando la pantalla. Miraba al niño.
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