No gritó.
No corrió hacia Dana.
Ni siquiera miró primero a la niña.
Se quedó clavado en el broche de diamantes prendido a la manta, con la copa suspendida a medio camino y el rostro vaciándose de color.
Como si acabara de reconocer algo que llevaba años persiguiéndolo.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó en un hilo de voz.
Dana apretó al bebé contra su pecho.
Tenía miedo.
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