La Rica le Regaló un “Colchón Viejo” a la Sirvienta… El Relleno Era de Billetes Puros…
“Huele a mi hija”, respondió Consuelo, sin más. Como todo lo que llevan demasiado tiempo encerrado, lo acomodaron en el único rincón que tenía espacio. No había lugar para nada más. El jacal era exactamente lo que era, 4 met de vida comprimida entre paredes que sabían demasiado. Esa noche, Consuelo se acostó el colchón por primera vez en décadas sin tocar el suelo y lloró. No de tristeza exactamente. Lloró porque incluso eso, un colchón ajeno, usado, aventado desde arriba como desperdicio, se sentía como una victoria pequeña y eso pensó en la oscuridad.
Era lo más triste de todo, que personas como ella aprendían a celebrar las migajas, que el cuerpo se acostumbraba también al dolor que cuando faltaba ya no sabía qué hacer con el alivio. “Diosito”, susurró mirando el techo de lámina. “Ya sé que me tienes en tus manos. No te pido riqueza, no te pido venganza, solo te pido que cuides a Lucero, que ella no tenga que doblar el lomo como yo lo doblé. Que ella no le tenga que llamar patrón a nadie.
Eso es todo lo que te pido. La Virgencita en la repisa de adobe la miraba en silencio con esa sonrisa suya que nunca cambia y que en las noches más oscuras parece susurrar una sola palabra: espera. Tres días después llegó el golpe. Consuelo estaba en la pila exterior lavando la ropa de la semana cuando le fallaron las rodillas. No hubo aviso, no hubo señal, simplemente se dobló como rama seca que ya no puede aguantar el peso del viento.
Después de demasiadas tormentas, se golpeó la rodilla derecha contra el borde de cemento de la pila y cayó de lado, empapada, con el jabón todavía en la mano, respirando entre dientes, mientras el dolor le trepaba por la pierna como lumbre viva. Las otras trabajadoras de la hacienda se miraron entre ellas sin moverse, porque ayudar podía interpretarse como tiempo perdido. Y el patrón siempre estaba mirando, aunque no estuviera. Fue lucero quien vino corriendo desde la cocina al escuchar el golpe sordo.
Abuelita se hincó a su lado con los ojos llenos de agua. Se lastimó. No es nada, dijo Consuelo. Aunque el temblor en la voz lo decía todo, pero sí era algo. La rodilla se inflamó como una naranja en pocas horas. El médico del pueblo, al que fueron a pie porque no había dinero para el camión, dijo que era una fisura, que tenía que guardar reposo por lo menos dos semanas. Dos semanas sin trabajar, dos semanas sin pago.
Al día siguiente, doña Perfecta la mandó llamar. Estaba en la galería de siempre, abanicándose con su abanico de Carey, como si el calor fuera un agravio personal que alguien debía resolver. “Consuelo”, le dijo sin mirarla de frente. Ya sabe que aquí no podemos tener gente que no rinda. Si en 8 días no puede volver a sus actividades completas, voy a tener que buscar a alguien más. Hay mucha gente necesitada que sí puede trabajar. 8 días. No cuídese, no descanse bien.
No 42 años de lealtad que valieran algo, 8 días o la calle. Consuelo bajó la cabeza y dijo, “Sí, señora.” con la misma voz de siempre, la voz aprendida, la voz que no revela nada, que guarda todo, que ha practicado tanto la resignación que ya la usa sin pensarlo. Pero por dentro, por dentro algo se partió definitivamente o tal vez algo por fin se soltó. De regreso al jacal, cojeando sobre el camino de polvo, Consuelo se detuvo frente a la estampita de la Virgencita pegada con cinta en el marco de la puerta.
No te pido que me sanes rápido murmuró en voz muy baja. Te pido fuerza para lo que sigue, para aguantar sin perder lo que me queda de dignidad. Que no se me acabe eso, eso es lo único que te pido. Y siguió caminando. Esa misma noche, mientras Lucero le ponía paños fríos en la rodilla inflamada, la chamaca se entretuvo examinando el colchón de cerca, como hacen los jóvenes con cualquier cosa que les genera curiosidad. La tela vieja estaba desilachada en las esquinas.
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