Le estreché la mano al nuevo CEO y el presidente se burló de mí: “No doy la mano a empleados de bajo rango”. Se rieron. Las cámaras seguían grabando. Yo mantuve la calma y dije: “Acabas de perder 2.500 millones de dólares”.

“Bienvenido a Northbridge”, dije, dejando la mano quieta. “Soy Aaron.”

La atención de Ethan se desplazó hacia Gerald, como si intentara adivinar de dónde venía la aprobación en aquella sala

Gerald dibujó esa sonrisa impecable de cara al público que jamás alcanza los ojos. Se inclinó un poco hacia el micrófono de la solapa y no hizo el menor esfuerzo por bajar la voz.

“No doy la mano a empleados de bajo rango”, dijo, lo bastante alto para que todas las grabaciones lo recogieran con absoluta claridad.

La frase atravesó la sala como un vaso que cae al suelo. No fue una ruptura total; las juntas directivas no se rompen en público. Fue más bien una tensión súbita en el aire. Un par de directores sonrieron con esa incomodidad de quien huele humo pero no quiere ser el primero en decir que hay un incendio. Más abajo, alguien soltó una risa breve y nerviosa.

Ethan no me estrechó la mano.

Tampoco desafió a Gerald. Solo bajó la mirada hacia el orden del día, como si las páginas impresas pudieran salvarlo.

Mantener la mano extendida una segunda más no tenía que ver con el saludo. Necesitaba saber con quién estaba tratando.

Por un instante, la sonrisa de Gerald vaciló, molesto de que no hubiera reaccionado como esperaba. Finalmente alzó la vista hacia mi cara, comprobando si acaso no había entendido la jerarquía que acababa de imponer ante todos.