Mi hermana gemela era golpeada a diario por su marido maltratador. Mi hermana y yo intercambiamos identidades e hicimos que su marido se arrepintiera de sus actos.

Supe antes de verla que algo estaba mal.

El aire pesaba distinto. El cielo estaba gris. Cuando la puerta del salón de visitas se abrió y Lidia entró, por un segundo no la reconocí. Venía más delgada, los hombros hundidos, como si cargara una piedra invisible. Traía el cuello de la blusa abotonado hasta arriba pese al calor de junio. El maquillaje le cubría mal un moretón en el pómulo. Sonrió apenas, pero los labios le temblaron.

Se sentó frente a mí con una canastita de fruta. Las naranjas estaban golpeadas. Igual que ella.

—¿Cómo estás, Nay? —preguntó con una voz tan frágil que parecía pedir permiso para existir.

No respondí. Le tomé la muñeca. Se estremeció.

—¿Qué te pasó en la cara?

—Me caí de la bici —dijo, intentando reír.

La miré más de cerca. Los dedos hinchados. Los nudillos rojos. No eran manos de alguien que se cae. Eran manos de alguien que se defiende.

—Lidia, dime la verdad.

—Estoy bien.

Le levanté la manga antes de que pudiera impedirlo. Y sentí que algo viejo y dormido abría los ojos dentro de mí.

Tenía los brazos cubiertos de marcas. Unas amarillas y viejas. Otras recientes, moradas, hondas. Huellas de dedos, líneas de cinturón, golpes que parecían mapas del dolor.

—¿Quién te hizo esto? —pregunté en voz baja.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.