Mi hija de 15 años no dejaba de quejarse de náuseas y dolor de estómago. Mi marido no le dio importancia, diciendo: «Está fingiendo. No pierdas tiempo ni dinero en esto». Pero algo en mi interior me decía que se equivocaba. La llevé a escondidas al hospital, y cuando el médico examinó la ecografía, ella se inclinó y susurró: «Hay algo dentro de ella…». Yo solo pude gritar.

Giró ligeramente la pantalla hacia nosotros. La imagen se veía borrosa para mis ojos inexpertos, pero era obvio que algo no andaba bien.

La habitación parecía dar vueltas.

Antes de poder controlarme, grité.

La Dra. Patel habló con calma, pero el peso de sus palabras me oprimió más que cualquier grito.

La tomografía mostró una masa extraña alojada en lo profundo del abdomen de Emma: algo sólido, algo que claramente no pertenecía allí. Explicó que eran necesarias más pruebas antes de confirmar de qué se trataba.

Mi teléfono vibró en mi bolso.

El nombre de David apareció en la pantalla.

Verlo me revolvió el estómago.

Al parecer, su viaje se había interrumpido. Incluso desde la distancia, su control parecía llegar a cada rincón de nuestras vidas.

La Dra. Patel se inclinó hacia mí y bajó aún más la voz.

—Lo que sea que estemos viendo —dijo en voz baja— no apareció de la noche a la mañana. Sugiere que algo andaba mal desde hace bastante tiempo.

Volví a mirar a Emma y la vi de verdad: el miedo bajo su agotamiento, la confusión mezclada con vergüenza, como si creyera que el dolor era de alguna manera culpa suya.

Le tomé la mano. La sentí fría y frágil.

Fuera de la consulta, unos pasos resonaron por el pasillo. La vida en el hospital seguía con normalidad, como si mi mundo no se hubiera derrumbado.

Entonces la doctora Patel añadió una frase más, algo que aún no había escrito en la historia clínica.

—Hay indicios —susurró con cuidado— de que esto puede no haber ocurrido de forma natural.

Se me paró el corazón.

 

 

ver continúa en la página siguiente