Mi hijo canceló la fiesta por vergüenza a mi casa, dejándome 80 sillas vacías, sin saber que el hombre que invité a comer destruiría su arrogancia.
El rostro de Julián se quedó pálido.
—El mundo es chico —continuó Don Lorenzo—. Y quien desprecia sus raíces, tarde o temprano se queda sin suelo donde pararse.
Julián no respondió. Dio media vuelta y se fue.
Yo levanté mi copa, mirando a la gente sonreír.
Esa noche entendí algo simple y verdadero:
La comida humilde puede llenar el estómago.
Pero la dignidad…
la dignidad llena la vida entera.
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