—¿Quién demonios está en mi casa? —gritó.
Me recosté en la silla.
Los papeles seguían secándose a mi lado.
—Son los representantes del nuevo propietario —dije con calma—.
No deberías hacerlos esperar.
Silencio.
Luego, pánico.
—¡No puedes hacer esto! —¡Esa es mi casa! —dijo.
Casi sonreí.
—Mi casa —repetí—. Qué palabra más curiosa.
Entonces le dije la verdad.
—Tenía todo el derecho a venderla. El mismo derecho que tenía cuando la compré. El mismo derecho que tenía ayer… cuando me pegaste treinta veces en una casa que nunca fue tuya.
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