Mi marido me echó a la calle en toalla por negarme a vivir con mi suegra, pero nunca imaginó que…

Días después, suplicó.

—Perdóname…

—No lo sabía…

—Podemos arreglar esto…

Pero era demasiado tarde. Camila estaba ahora en su oficina.

Su nombre en la puerta.

—¿Estás bien? —preguntó Diego.

Ella asintió.

—Sí.

Pausa.

—Ahora sí.

Miró la ciudad.

Todo seguía igual.

Excepto ella.

—¿Sabes lo más irónico? —dijo.

—¿Qué?

Sonrió levemente.

—Nunca fui débil.

Pausa.

—Simplemente estaba en el lugar equivocado.

 

 

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