La frase terminaba allí, cortada, como si Julián hubiese interrumpido la escritura de forma brusca.
—Aquí ha pasado algo serio —dijo Morel—. Julián estaba herido y Clara seguía con vida.
La hipótesis más probable era que habían quedado atrapados tras una caída parcial. Pero faltaba algo fundamental: ninguno de los cuerpos estaba allí. Y por la profundidad de la cavidad, era improbable que hubiesen salido solos sin dejar más rastro.
Mientras exploraban la cavidad, uno de los rescatistas encontró marcas en la pared: tres líneas verticales repetidas varias veces, como un código rudimentario, posiblemente usado para contar días.
—Son al menos treinta marcas —informó.
Treinta días. Un mes atrapados.
La presión mediática aumentó y la policía amplió el radio de búsqueda. Por primera vez surgió una teoría que hasta entonces parecía impensable: que otra persona estuviera involucrada.
Y esa teoría se reforzó cuando, al final del día, un rescatista encontró una cuerda moderna y relativamente nueva, que no pertenecía ni a Julián, ni a Clara, ni a los equipos que trabajaban en la zona.
—Alguien estuvo aquí —dijo Morel, mirando la montaña como si pudiera responderle.
Pero la montaña siguió en silencio.
Lo que encontraron al día siguiente, sin embargo, hablaría por ella.
La tercera jornada de búsqueda fue decisiva. Se amplió la exploración hacia la zona superior de la grieta, donde la roca formaba una especie de corredor vertical lleno de salientes y pequeñas plataformas. Según los expertos, una persona podría haberse desplazado por allí con dificultad… pero no una niña de nueve años sola.
A veinte metros de la cavidad encontraron indicios de actividad humana reciente: huellas ligeras, como de alguien que se apoyó con la punta de los pies para ascender. Lo extraño era que parecían demasiado recientes para corresponder a la época de la desaparición.
La clave llegó cuando uno de los rescatistas halló, entre piedras sueltas, un colgante metálico en forma de estrella. La familia confirmó de inmediato que pertenecía a Clara. Era su amuleto favorito, el que llevaba desde los cinco años.
Pero la sorpresa mayor apareció tres horas después.
En un saliente natural, semiescondida entre matorrales secos, hallaron una caja metálica de primeros auxilios, oxidada en los bordes pero claramente colocada allí con intención. Dentro había vendas, restos de medicamentos… y una nota doblada cuidadosamente dentro de una bolsa de plástico.
Morel abrió la nota. La escritura temblorosa no dejaba dudas:
“Si alguien encuentra esto, ayúdenla. No fue culpa suya. Él volvió, pero no era el mismo. No pudimos bajar. Intentamos pedir ayuda. Si Clara está viva… por favor, cuídenla.”
Firmado: J.H.
El mensaje sembró desconcierto. ¿“Él volvió”? ¿Quién era ese “él”?
La familia aclaró un detalle estremecedor: semanas antes de desaparecer, Julián había tenido conflictos con un hombre llamado Aitor, un antiguo compañero de expediciones que lo había acusado públicamente de apropiarse de un proyecto fotográfico conjunto. La caída de su amistad fue abrupta y amarga.
La gendarmería reabrió una investigación paralela sobre Aitor. Resultó que había estado en los Pirineos justo durante los días de la desaparición… pero nunca lo había confesado.
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