Justo cuando la ceremonia alcanzaba ese momento frágil e suspendido, las puertas de la iglesia se abrieron repentinamente.
El agudo sonido de los tacones resonó en el suelo de mármol: demasiado fuerte, demasiado frío, completamente fuera de lugar.
Me giré.
Mi yerno, Ethan Caldwell, entró riendo.
Ni despacio. Ni con respeto. Ni siquiera fingiendo estar de luto. Caminó por el pasillo como si llegara a una celebración, no a un funeral.
Vestía un traje impecablemente confeccionado y su cabello estaba peinado con esmero. Del brazo lo acompañaba una joven con un llamativo vestido rojo, que sonreía con demasiada seguridad para alguien que se encontraba frente a un ataúd.
La sala se estremeció. Se extendieron los susurros. Alguien jadeó. Incluso el sacerdote hizo una pausa a mitad de frase.
A Ethan no le importaba.
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