Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas. La neblina subía desde la tierra como si el campo exhalara almas antiguas.
Dos caritas coloradas por el frío, pegadas al pecho de un hombre que parecía haber cruzado medio país con el dolor a cuestas.
—Buenas noches, señora —dijo él, quitándose el sombrero con respeto—. Perdone que toque a estas horas. Caminé todo el día y los niños ya no aguantan el frío. ¿Tendría un rincón en el granero para pasar la noche? Al amanecer me iré. No voy a causarle problemas.
Elena lo observó sin responder.
Los niños temblaban. El hombre también, aunque intentaba ocultarlo. Tenía el rostro curtido, la barba descuidada y unos ojos oscuros donde no había amenaza, solo agotamiento.
Pero el miedo habló primero.
—El granero está detrás de la casa —respondió, marcando distancia—. Hay paja limpia y unas cobijas viejas en un rincón. Pueden quedarse ahí hasta que amanezca.
El hombre inclinó la cabeza.
—Dios se lo pague.
Desapareció entre la niebla con los niños apretados contra el pecho, y Elena cerró la puerta intentando convencerse de que había hecho suficiente.
Sirvió el café tibio que quedaba en la olla y se sentó a la mesa de madera donde tantas veces había visto a sus padres hablar de cosechas, lluvias y deudas. La casa estaba demasiado callada, como siempre desde que ambos murieron.
Miró hacia la ventana, en dirección al granero.
El viento silbaba entre las tablas.
Pensó en los bebés.
Pensó en sus manos pequeñas, en sus mejillas frías, en el modo en que el hombre los protegía con su propio cuerpo.
Intentó dormir. No pudo.
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