Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas. La neblina subía desde la tierra como si el campo exhalara almas antiguas.

Se revolvía entre las sábanas imaginándolos tirados sobre la paja húmeda mientras la noche se volvía más helada. Al final, con un suspiro de fastidio contra sí misma, se puso el rebozo, tomó la lámpara y salió.

El granero olía a heno y tierra.

El hombre estaba sentado en el suelo, con los gemelos en el regazo, cubriéndolos con su abrigo gastado. Cuando la vio entrar, se incorporó de inmediato.

—Señora…

—Levántese —dijo Elena, con una firmeza que apenas escondía la compasión—. Traiga a los niños a la casa. Está demasiado frío aquí. No voy a dormir sabiendo que dos criaturas están helándose en mi granero.

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