Transferí en secreto la herencia que mis abuelos me dejaron para que nadie pudiera robármela. Días después, mis padres sonrieron al decirme: “Esta casa ya no es tuya”, sin imaginar quién los esperaría con una carpeta en la puerta.

—¿Qué hace esa mujer aquí? —preguntó Patricia, clavando los tacones en la entrada con una irritación apenas disimulada.

La licenciada Salcedo no se movió.

—Represento legalmente a Valeria Cárdenas. Y les recomiendo que nadie toque una sola caja hasta que terminemos esta conversación.

Su voz no era alta, pero bastó para cambiar el aire en el patio. Hasta los hombres de la mudanza dejaron de mover muebles. Fernanda apretó las llaves entre los dedos, todavía tratando de sostener una seguridad que se le estaba escapando.

—No entiendo qué teatro es este —dijo con una risa nerviosa—. Esta casa ya está a mi nombre.

La abogada la miró apenas.

—Antes de hablar de la casa, hay un asunto mucho más grave.

Ramiro dio un paso al frente, recuperando por reflejo el tono autoritario que usaba desde siempre.

—Cualquier tema se habla adentro. No enfrente de extraños.

—No, señor Cárdenas. Este tema se habla donde mi clienta decida, porque durante años ustedes decidieron por ella en secreto.

 

ver continúa en la página siguiente