Una anciana pasó todo el verano y el otoño clavando estacas de madera afiladas en su tejado. Los vecinos estaban convencidos de que había perdido la cordura… hasta que finalmente llegó el invierno.

“Por lo que se avecina”, dijo.

No ofreció ninguna otra explicación.

Luego llegó el invierno, y todo quedó claro.

Primero nevó. Luego llegó el viento. Ráfagas violentas e implacables que doblaron los árboles y arrasaron el pueblo. La gente pasaba la noche en vela escuchando cómo crujían los tejados y se derrumbaban las vallas. Por la mañana, trozos de tejado yacían esparcidos por los patios.

Cuando finalmente pasó la tormenta, los vecinos salieron a evaluar los daños.

Muchas casas sufrieron graves daños. Los tejados quedaron parcialmente destruidos. Faltaban tablas.

Pero su casa permaneció intacta.

No faltaba ni una sola tabla.

Las estacas de madera habían soportado toda la fuerza del viento, reduciendo su potencia y redirigiéndolo hacia arriba. Mientras la tormenta arrasaba con todo a su alrededor, su techo se mantenía firme.

Solo después salió a la luz la verdad.

 

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