Quince minutos después, dos elementos de la policía de la Ciudad de México cruzaban mi vestíbulo.
El mármol seguía brillando.
Pero el aire ya no era el mismo.
Entregué el fideicomiso. El historial de propiedad. Y luego, lo más importante.
Las grabaciones.
En la pantalla se escuchaba su voz con claridad absoluta:
“Hemos vendido la casa. Empaque sus cosas.”
Fecha. Hora. Respaldo en la nube.
Irrefutable.
Los oficiales revisaron los documentos.
El notario empezó a sudar por el cuello.
Camila cruzó los brazos, aún intentando sostener su teatro.
—Es un malentendido —repetía.
Hasta que uno de los agentes tomó su teléfono.
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