Doña Teresa tenía cincuenta y seis años y era viuda.
Solo tenía dos hijos: Emiliano y Julián.
Desde que su esposo murió en un accidente de construcción, ella tuvo que convertirse en padre y madre al mismo tiempo.
No tenía negocio, no tenía ahorros, no tenía ninguna herencia importante.
Lo único que le quedó fue una casita modesta y un pequeño terreno que habían pertenecido a su marido, en un pueblo sencillo de Puebla, donde todos se conocían y donde la vida nunca había sido fácil.
Con el paso de los días, Doña Teresa sentía cada vez más el peso de la soledad.
El silencio de la casa le dolía.
La ausencia de su esposo se le metía en el pecho como una piedra.
Pero, aun así, hubo algo que nunca soltó: los sueños de sus hijos.
LA MADRE QUE LO VENDIÓ TODO POR SUS HIJOS
Todos los días, antes de que saliera el sol, Doña Teresa ya estaba despierta.
Encendía el fogón, preparaba tamales, atole y pan casero, y luego se iba al tianguis con una canasta entre los brazos.
Aguantó cansancio, calor, hambre y humillaciones.
Se pasaba horas de pie solo para que a Emiliano y a Julián no les faltara ni para los útiles ni para el pasaje.
Una noche, mientras los muchachos estudiaban bajo la luz débil de un foco que apenas alumbraba el cuarto, Emiliano se acercó a ella.
—Mamá, algún día quiero ser piloto.
Doña Teresa lo miró y sonrió, aunque los ojos ya se le estaban llenando de lágrimas.
—Pues vas a serlo, mijo. Aunque yo tenga que dejarme la vida, vas a serlo.
Lo dijo con firmeza, pero por dentro sintió miedo.
Porque sabía que un sueño así no se alcanzaba solo con ganas.
Pasaron los años, y cuando los dos muchachos llegaron a la universidad, Doña Teresa tomó la decisión más dura de toda su vida.
Vendió la casa y el terreno.
Vendió lo único que tenía.
Vendió el último recuerdo material de su esposo.
Cuando Julián se enteró, se quedó helado.
—Mamá… ¿y ahora dónde vamos a vivir?
Ella lo miró con una sonrisa cansada, de esas que solo nacen del amor y del sacrificio.
—Donde sea, hijo… mientras ustedes no dejen de estudiar.
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