Antes de su ej3cución, su hija susurró algo que dejó a los guardias en sh0ck…-
Algo en el expediente de Julien siempre lo había inquietado.
Las pruebas eran contundentes: huellas dactilares en el arma, ropa manchada de sangre, un testigo que lo había visto salir de casa esa noche.
Pero los ojos de Julien no eran los de un culpable.
Bernard había aprendido a reconocer esa mirada en treinta años de servicio.
—Traigan a la niña —ordenó.
Tres horas después, una camioneta blanca se detuvo frente a la prisión.
Una trabajadora social salió, sosteniendo la mano de una niña rubia con ojos grandes y solemnes.
Salomé Morel tenía ocho años, pero su mirada cargaba el peso de alguien que había visto demasiado.
Caminó por el pasillo de la prisión sin llorar, sin temblar.
Los reclusos guardaron silencio tras las rejas a su paso.
Había algo en ella que inspiraba respeto, algo inexplicable.
Al entrar en la sala de visitas, Salomé vio a su padre por primera vez en tres años.
Julien estaba esposado a la mesa, vestido con un mono naranja desgastado, con la barba larga y descuidada.
Al ver a su hija, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Mi niña… —murmuró—. Mi pequeña Salomé…
Lo que sucedió después lo cambió todo.
Salomé soltó la mano de la trabajadora social y se acercó lentamente a su padre.
No corrió. No gritó.
Cada paso parecía calculado, como si hubiera ensayado ese momento mil veces en su mente.
Julien extendió sus manos esposadas hacia ella.
La niña dio un paso adelante y lo abrazó.
Durante un minuto, ninguno de los dos habló.
Los guardias observaban desde los rincones de la sala.
La trabajadora social miró su teléfono, sin apenas prestar atención.
Entonces Salomé se inclinó hacia el oído de su padre y susurró algo.
Nadie más escuchó sus palabras, pero todos vieron su efecto.
Julián palideció.
Todo su cuerpo empezó a temblar.
Las lágrimas silenciosas se convirtieron en sollozos que le estremecieron el pecho.
Miró a su hija con una mezcla de horror y esperanza de que los guardias nunca lo olvidaran.
—¿Es cierto? —preguntó con la voz entrecortada—. ¿Es cierto lo que dices?
Ella asintió.
