Alejandro manejó a toda velocidad hacia el Ministerio Público de Cuajimalpa. El lugar olía a desinfectante barato y orina. Esperó 15 minutos hasta que la pesada puerta de metal se abrió. Lupita salió. Había pasado 24 horas en 1 celda de concreto. Tenía ojeras oscuras, el cabello revuelto y 2 marcas moradas en las muñecas donde las esposas le habían cortado la circulación. Al ver a Alejandro, bajó la mirada, esperando ser humillada nuevamente.
“Perdóname, Lupita. Perdóname por favor”, fue lo único que Alejandro pudo decir, con la voz quebrada por las lágrimas. La tomó del brazo con inmenso respeto y la guio hasta la camioneta.
El viaje de regreso a Las Lomas fue en silencio. Cuando la camioneta se estacionó frente a la mansión, Alejandro abrió la puerta principal. Los gemelos estaban sentados en el suelo de la entrada, esperando. Al ver la figura de Lupita con su uniforme gris y arrugado, los 2 niños gritaron con 1 alegría que hizo temblar las ventanas.
Leo y Mateo corrieron a toda velocidad y se lanzaron contra las piernas de Lupita. Ella cayó de rodillas sobre el piso de mármol, rodeando a los 2 niños con sus brazos, pegando su rostro a los de ellos. Y por 1 vez desde que fue arrestada, Lupita lloró. Lloró con sollozos profundos, aferrándose a los 2 niños que no llevaban su sangre, pero que amaba con cada fibra de su ser.
“Ya estoy aquí, mis niños. Nadie me va a llevar. Ya estoy aquí”, susurraba ella, besando sus cabezas.
Pasaron 2 años desde aquel espantoso día. La mansión había cambiado. Ya no había gritos, ni platos rotos, ni miedo. Alejandro redujo sus viajes en 1 50 por ciento para estar presente en la vida de sus hijos. Lupita ya no era la empleada de limpieza. Alejandro le dio el puesto de coordinadora del hogar, triplicó su sueldo, le dio seguro médico y le abrió 1 cuenta de ahorros a su nombre. Gracias a ese apoyo, la hermana de Lupita logró graduarse de la carrera de enfermería.
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