Cantinflas salvó inocente de ejecución – 72 horas para probar verdad…
Cantinflas entró con el permiso del director de la prisión. La casa estaba polvorienta, abandonada, pero intacta. Caminó por las habitaciones. Imaginó la escena. Una familia asesinada brutalmente. ¿Por qué? Robo. Pero según el expediente solo se llevaron 200 pesos y un reloj. No tenía sentido. Una familia entera asesinada por 200 pesos. Había algo más, algo personal. Salió y tocó puertas de vecinos. La mayoría no quería hablar. 6 años después, la gente quería olvidar. Pero una señora mayor, doña Carmen, aceptó hablar.
Señor Cantinflas, yo conocía a los Ramírez. Buena familia, tranquilos, sin problemas. Recuerda la noche del asesinato. ¿Cómo olvidarla? Escuchamos gritos, pero pensamos que era una discusión familiar. Pasa mucho, ¿sabe? No queríamos meternos. ¿Vio a alguien salir de la casa? Sí, un hombre alto con chamarra negra corriendo. Cantinflas revisó sus notas. José Luis medía 1.65 m. Era bajito y según el expediente usaba camisa azul esa noche. ¿Le dijo esto a la policía? Claro que sí, pero el detective dijo que probablemente vi mal, que era de noche, que estaba oscuro.
¿Qué detective? Detective Armando Salazar. Cantinflas anotó el nombre. Algo sobre él sonaba familiar. Visitó a más vecinos. Tres más dijeron lo mismo. Vieron a un hombre alto con chamarra negra huyendo. Ninguno de esos testimonios estaba en el expediente. Regresó con Ramón. Encontré algo. Múltiples testigos vieron a alguien diferente, a José Luis, pero sus testimonios nunca llegaron al juicio. Yo también encontré algo, dijo Ramón. El detective a cargo del caso, Armando Salazar, fue despedido tres meses después del juicio por corrupción, por fabricar evidencia en otros casos.
Entonces, entonces es posible que fabricara evidencia. En este caso también tenían algo, no mucho, pero algo. Necesitaban más. Cantinflas tuvo una idea. Visitó la cantina donde José Luis dijo que estaba la noche del asesinato. El dueño, don Arturo, seguía ahí. ¿Se acuerda de José Luis Herrera? Claro. Venía seguido. Buen muchacho. ¿Recuerda la noche del 12 de agosto de 1961? Don Arturo pensó hace mucho tiempo. Por favor, es importante. Un hombre va a morir si no recordamos. Don Arturo cerró los ojos concentrándose.
Espere. 12 de agosto. Esa fue la noche del apagón. Se fue la luz en toda la colonia. José Luis estaba aquí jugando dominó. Recuerdo porque tuvimos que sacar velas. ¿A qué hora? de 8 a 11 de la noche. Sé por qué cerré temprano por el apagón. El asesinato ocurrió a las 9:30 pm. José Luis no pudo estar en dos lugares al mismo tiempo. ¿Por qué no testificó en el juicio? Nadie me llamó. Ni siquiera sabía que José Luis había sido arrestado hasta meses después.
Cantinflas tenía evidencia sólida. Ahora, testigos que contradecían la versión oficial. un detective corrupto, una cuartada verificable, pero necesitaba más. Necesitaba al verdadero asesino. Esa noche, revisando documentos, Ramón encontró algo. Mario, mira esto. El padre de la familia asesinada, el señor Ramírez, era contador. Trabajaba para una constructora grande. Y y tres semanas antes de su muerte presentó una denuncia interna. Decía que su jefe estaba desviando fondos. millones de pesos. ¿Quién era su jefe? Ramón mostró el nombre. Ingeniero Ricardo Montoya.
Cantinflas buscó el nombre. Era conocido, hombre poderoso, bien conectado. Y espera, Ricardo Montoya, su hermano es Sí, confirmó Ramón. Su hermano es Armando Salazar, el detective corrupto que manejó el caso. Todo encajó. El contador descubrió fraude. Iba a denunciar. Fue asesinado. El hermano detective fabricó evidencia para culpar al jardinero inocente. El caso perfecto. Cerrado rápido. Nadie sospechó. Hasta ahora tenemos que hablar con Montoya. ¿Estás loco? Si realmente es el asesino, nos matará. No, si vamos con protección y con evidencia.
Llamaron a un periodista amigo, Roberto Cruz. Le contaron todo. Si nos pasa algo, publica toda la historia, nombres, evidencia, todo. Roberto aceptó. Con esa protección visitaron a Ricardo Montoya. La confrontación con Montoya no fue lo que esperaban, porque cuando tocaron su puerta no los recibió un hombre arrogante y poderoso, los recibió un hombre destrozado, borracho, al borde del colapso. Y lo que confesó esa noche cambiaría todo, pero también los pondría en peligro mortal. Ricardo Montoya vivía en una mansión en Las Lomas, pero cuando abrió la puerta no parecía millonario, parecía fantasma.
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