La frase le salió tan automática, tan ensayada, que hasta él se dio cuenta tarde del error.
Porque en esa sola línea cabía entero el tipo de hombre que era: uno acostumbrado a que las mujeres de su vida se organizaran alrededor de sus faltas.
La amante soltó aire por la nariz, como si de repente le hubiera tomado olor a algo podrido.
—Tienes razón —dijo—. No voy a empezar. Voy a terminar.
Fue hasta la puerta del pasillo, la abrió y señaló hacia afuera.
—Vete.
Carlos se quedó helado.
—¿Qué?
—Que te vayas. Tú. No ella. No tu mamá. Tú.
Yo me quedé quieta.
No esperaba eso.
Él soltó una risa incrédula.
—No puedes hablar en serio.
—Más en serio que nunca. Me mentiste sobre tu esposa, sobre tu mamá, sobre todo. Así que agarras tus cosas y te vas de mi departamento. Hoy.
Hubo un instante extraño en que casi me dio lástima.
Casi.
Porque Carlos se veía exactamente como era por dentro cuando se acababan las mujeres que lo sostenían: un hombre vacío, sin plan, sin carácter, sin más talento que hacerse el confundido.
—Mamá… —dijo, como buscando salvación en el último sitio que le quedaba.
Doña Carmen lo miró largo.
Y luego dijo algo que yo jamás pensé escucharle:
—Yo me equivoqué contigo.
Carlos se puso blanco.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
