Carlos abrió la boca varias veces, pero ninguna palabra le salió completa.

La frase le salió tan automática, tan ensayada, que hasta él se dio cuenta tarde del error.

Porque en esa sola línea cabía entero el tipo de hombre que era: uno acostumbrado a que las mujeres de su vida se organizaran alrededor de sus faltas.

La amante soltó aire por la nariz, como si de repente le hubiera tomado olor a algo podrido.

—Tienes razón —dijo—. No voy a empezar. Voy a terminar.

 

 

Fue hasta la puerta del pasillo, la abrió y señaló hacia afuera.

—Vete.

Carlos se quedó helad

 

Él soltó una risa incrédula.

—No puedes hablar en serio.

—Más en serio que nunca. Me mentiste sobre tu esposa, sobre tu mamá, sobre todo. Así que agarras tus cosas y te vas de mi departamento. Hoy.

Hubo un instante extraño en que casi me dio lástima.

Casi.

 

 

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