Disfrazada y trabajando en secreto en la empresa de mi marido, hice un simple gesto durante el almuerzo: cogí su botella de agua y bebí un sorbo. Su secretaria estalló de rabia, me abofeteó delante de todos y gritó: "¿Cómo te atreves a beberte el agua de mi marido?".

Disfrazada y trabajando en secreto en la empresa de mi marido, hice un simple gesto durante el almuerzo: cogí su botella de agua y bebí un sorbo. Su secretaria estalló de rabia, me abofeteó delante de todos y gritó: "¿Cómo te atreves a beberte el agua de mi marido?".

A la hora del almuerzo, la cocina bullía de ruido y conversaciones. Emily estaba cerca del mostrador, revisando correos electrónicos mientras esperaba a que el microondas calentara el agua. Al fondo, había un vaso de agua junto a una carpeta de cuero con las iniciales N.H. grabadas. Reconoció de inmediato que era de Nathan. También sabía que él nunca usaba la cocina del personal. Vanessa debía de haberlo traído mientras se preparaba para su revisión de la junta directiva de la tarde.

Emily miró el vaso por un instante, con toda la intención del mundo. Luego, con la misma naturalidad con la que no significaba nada, lo tomó y bebió.

La sala quedó en silencio. Una silla crujió con fuerza contra el azulejo. Vanessa se abalanzó sobre ella, con los ojos furiosos, y antes de que nadie pudiera reaccionar, le dio un puñetazo en la cara a Emily. El golpe resonó por toda la cocina.

—¿Te atreves a beber el agua de mi marido? —espetó Vanessa.

Emily giró la cabeza con el impacto, sintiendo que le ardía la mejilla. A su alrededor, los empleados se quedaron paralizados por la sorpresa. Lentamente, volvió a mirar a Vanessa, con una leve marca roja en la piel, y preguntó con una voz tan tranquila que inquietó a todos: —¿Tu marido?

Vanessa levantó la barbilla, respirando agitadamente, furiosa y segura. —Sí. Mío.

 

 

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