PARTE 2
En la clínica San Ángel no parecía que fueran a un ultrasonido. Parecía que iban a una coronación.
Fernanda estaba sentada en la sala de espera con un vestido color crema, maquillaje impecable y una sonrisa de mujer vencedora. La mano de doña Rebeca, la mamá de Mauricio, estaba sobre la suya como si ya la hubiera declarado la nueva reina de la familia.
A un lado, las tías, los cuñados, las dos hermanas y hasta el primo metiche que nunca faltaba, todos hablaban del bebé como si ya hubiera nacido, estudiado en escuela privada y heredado las propiedades del abuelo.
—Mi nieto va a ser precioso —decía doña Rebeca con el pecho inflado—. Se nota que viene fuerte.

—Y por fin con sangre de verdad —murmuró Ximena, acomodando una caja envuelta con listón plateado—. Le traje vitaminas premium para que no le falte nada al heredero.
Nadie me nombró. Nadie mencionó a Emiliano ni a Sofía. Para ellos, nosotros ya no existíamos. Éramos un borrón incómodo, una etapa que convenía arrancar de las fotos familiares.
Cuando la enfermera llamó a Fernanda, Mauricio se levantó enseguida.
—Yo entro —dijo con orgullo—. Ese niño es mío.
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