El nieto empujó a su abuela al lago, a sabiendas de que no sabía nadar y le tenía pánico al agua, solo por diversión. Los familiares estaban cerca, riendo, y ninguno de ellos podía imaginar lo que haría aquella mujer una vez que saliera del agua.
El nieto estaba de pie al borde del muelle, sonriendo como si estuviera a punto de hacer algo inofensivo.
— Abuela, ¿te acuerdas de que decías que no sabías nadar y que siempre quisiste aprender?
Se ajustó nerviosamente el pañuelo en la cabeza y miró el agua. El lago parecía oscuro y frío.
—Sí, lo hice. Pero le tengo miedo al agua. Mucho miedo. No bromees así.
—Deja de ser tan dramático —rió el nieto de diecinueve años—. Solo te estás alterando.
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