El hombre fue al cementerio a visitar a su hijo fallecido, pero se sorprendió al verlo colocando flores en su propia tumba…

El hombre fue al cementerio a visitar a su hijo fallecido, pero se sorprendió al verlo colocando flores en su propia tumba…

El duelo de Gaspar no se medía en días ni meses, sino en la densidad del silencio que llenaba su hogar. Desde la supuesta muerte de Bernardo, su pequeño de tan solo siete años, las paredes parecían haberse contraído, sofocando cualquier rastro de alegría. El dormitorio del niño permanecía intacto, como un santuario doloroso: los juguetes cuidadosamente alineados, la cama pulcramente tendida con sábanas de superhéroe, y el aroma a talco y a vida desvaneciéndose lentamente, reemplazado por el rancio olor del dolor.

Alejandra, su esposa y madrastra de Bernardo, intentaba mantener la normalidad con una devoción que a veces irritaba a Gaspar. Cocinaba, limpiaba y le hablaba con voz suave, como si fuera un cristal frágil a punto de romperse.
«Tienes que comer, Gaspar», le decía, abrazándolo por detrás.
Sintió su calor, pero su alma se congeló aquel día fatal en que le dijeron que su hijo había caído al río, arrastrado por la corriente, perdido para siempre, sin siquiera un cuerpo que recuperar para una despedida digna. Solo quedaba una tumba vacía, un monumento al dolor.

Ese sábado se cumplieron ocho meses desde la tragedia. Gaspar despertó con la pesadez de alguien que carga el mundo sobre sus hombros. Se puso una vieja camiseta azul marino, la favorita de Bernardo porque decía que lo hacía parecer fuerte, como un capitán de barco. Tomó las llaves del coche y un ramo de lirios blancos, las flores favoritas de la madre biológica de Bernardo, fallecida años atrás. Ahora, los lirios eran para el niño.

El camino al cementerio estaba cubierto de una niebla baja que difuminaba los contornos de la ciudad. Gaspar conducía en piloto automático, repasando recuerdos en su mente: la risa de Bernardo, sus primeros pasos, cómo arrugaba la nariz cuando no quería comer verduras. Al llegar, sintió un frío intenso en la cara, pero era un frío familiar. Caminó entre lápidas de mármol y granito, sintiéndose más habitante de aquella necrópolis que del mundo de los vivos.

 

 

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